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Nos llega desde Uso este artículo, que reproducimos aquí.
Dicen que hay que quitar el crucifijo de las aulas. El nuestro es un estado laico y no tiene el derecho de imponer que en las aulas haya un crucifijo. La señora Maria Vittoria Montagnana, maestra de Cuneo, había quitado el crucifijo de las paredes de su clase. Las autoridades educativas la han obligado a volver a ponerlo. Ahora se está peleando por poder quitarlo de nuevo y para que lo quiten de todas las clases de nuestro país. En lo que se respecta a su propia clase, tiene toda la razón. Pero a mí me disgusta que el crucifijo desaparezca para siempre de todas las clases. Me parece una pérdida. Todas o casi todas las personas que conozco dicen que lo quiten. Otras dicen que es una cuestión sin importancia. Los problemas son tantos y dramáticos, en la escuela y fuera, que este es un problema sin importancia. Es verdad. Pero a mí me desagrada que el crucifijo desaparezca. (...) Pero el crucifijo no enseña nada. Calla. La hora de religión genera una discriminación entre católicos y no católicos, entre los que se quedan en clase a esa hora y los que se levantan y se van. Pero el crucifijo no genera ninguna discriminación. Calla. Es la imagen de la revolución cristiana, que ha difundido por el mundo la idea de la igualdad entre los hombres, hasta entonces ausente. La revolución cristiana ha cambiado el mundo. ¿Queremos acaso negar que ha cambiado el mundo? (...) Dicen que por un crucifijo puesto en la pared, en clase, pueden sentirse ofendidos los alumnos hebreos. ¿Por qué se van a ofender más los hebreos? ¿Es que no era Cristo un hebreo y un perseguido, y no murió martirizado, como les ha ocurrido a miles de hebreos en los campos de concentración? El crucifijo es el signo del dolor humano. La corona de espinas, los clavos, evocan sus sufrimientos. La cruz, que imaginamos alzada en la cima de un monte, es el signo de la soledad en la muerte. No conozco otros signos que expresen con tanta fuerza el sentido de nuestro destino humano. El crucifijo es parte de la historia del mundo. (...) Se dirá que muchos fueron vendidos, traicionados y martirizados por su fe, por el prójimo, por las generaciones futuras, y su imagen no está en las paredes de las escuelas. Es verdad, pero el crucifijo les representa a todos. ¿Cómo les representa a todos? Porque antes de Cristo ninguno había dicho nunca que los hombres son todos iguales y hermanos, todos, ricos y pobres, creyentes y no creyentes, hebreos y no hebreos y negros y blancos, y ninguno antes de él había dicho nunca que en el centro de nuestra existencia debemos situar la solidaridad entre los hombres. Y el ser vendidos y traicionados y martirizados y asesinados por la propia fe les puede pasar a todos. A mí me parece un bien que los muchachos, los niños, lo sepan desde los bancos de la escuela. Jesucristo ha llevado la cruz. A todos nosotros nos ha ocurrido o nos ocurre el llevar sobre las espaldas el peso de una gran desgracia. A esta desgracia le damos el nombre de cruz, aunque no seamos católicos, porque demasiado fuerte y desde hace demasiados siglos está impresa la idea de la cruz en nuestro pensamiento. Todos, católicos y laicos, llevamos o llevaremos el peso de una desgracia, derramando sangre y lágrimas y esforzándonos por no caer. Esto dice el crucifijo. Lo dice a todos, no sólo a los católicos. (...) El crucifijo es parte de la historia del mundo. (...) Es tolerancia consentir a cada uno construir en torno a un crucifijo los más inciertos y contradictorios pensamientos. • Natalia Ginzburg “El crucifijo en las escuelas” del libro Ensayos. Editorial Lumen (2009 |